Lee los poemas de Purgatorio sin buscar un hilo narrativo, una tesis poética o alguna promesa de salvación literaria. Yo encontré otra cosa: un estado. Un estado inestable, de tráfico constante, de leve desajuste con el mundo, como alguien que ha perdido la brújula.
No juzgues este purgatorio como si tuviera algo edificante. Aquí no se paga culpa ni se promete redención. Es un purgatorio diario, casi doméstico. Un lugar donde conviven gatos y gorriones, ideologías y vides, Dios y su desmontaje, política, deseo y absurdo. Todo al mismo nivel, sin reverencias, como sucede cuando abandonamos la ilusión de que la vida obedece a esquemas claros.
Lo que más me interesaba de este libro era su libertad sin espectáculo. Nada aquí presume de transgresión, pero casi todo es práctico. Miguel escribe con una naturalidad que no pide permiso ni aplausos. Hay humor —mucho—, pero no como anestesia ni como guiño cómplice. Es un humor instrumental, un método de desmantelamiento. Un humor que no consuela no simplifica, no pide disculpas. Un humor que entiende que la risa puede ser una forma exigente de pensar, especialmente cuando el pensamiento serio se ha vuelto predecible, solemne y, con demasiada frecuencia, inútil.
Estos poemas nacen de una doble desconfianza: hacia las grandes verdades y hacia las pequeñas certezas. Miguel no acomoda ni dogmas ni cinismos cómodos, esos lugares aparentemente lúcidos donde ya no es necesario pensar demasiado. En cambio, surgen asociaciones improbables, imágenes que no piden permiso para entrar y un lenguaje que a veces se reduce al mínimo y otras se deja contaminar, como si el poema nos estuviera probando constantemente.
Me gusta especialmente cómo el libro alterna entre la supuesta estupidez y una claridad casi cruel, tan limpia que desarma. Nos reímos. Bajamos la guardia. Y, sin previo aviso, aparece una frase corta y silenciosa que nos devuelve al centro de la cuestión. Como si Miguel dijera, sin levantar la voz: puedes reírte, pero no olvides que esto también se trata de ti.
Aquí también hay una geografía que no se mide en mapas. No es tanto un territorio de lugares como de miradas. Una mirada desplazada, propia de quienes viven entre países, entre idiomas, entre formas distintas de pensar el mundo, y que ya no se sienten cómodos perteneciendo a algo demasiado empaquetado.
Miguel escribe desde ese lugar intermedio, prefiriendo los espacios ambiguos, las zonas grises, los intersticios donde todavía es posible equivocarse —fracasar, derrapar— sin pedir disculpas. Y luego están los pequeños nadadores. Aquello que normalmente no entra en discursos importantes ni cuenta para estadísticas respetables.
En manos de Miguel, estos nadadores adquieren peso poético. No como un ornamento delicado, sino como un gesto de resistencia íntima frente al ruido constante, la urgencia permanente, la obligación contemporánea de tener siempre una posición definitiva, sobre todo. Este libro nos recuerda que observar, detenernos y jugar con el mundo es también una forma de lucidez —tal vez una de las pocas que aún nos quedan.













